SPANISH

 "Finalmente la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial y exaltada por el Señor como Reina de todas las cosas, para que se asemejara más plenamente a su Hijo, Señor de señores y vencedor del pecado y de la muerte. La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos..." (Catecismo de la Iglesia Católica, artículo 966)
Cuando nos detenemos en oración y volvemos la mirada para contemplar a María, Madre de Dios, nuestra Madre; cuando nos arrodillamos en nuestra gran necesidad para suplicarle que nos ayude; cuando encontramos nuestra vida de oración en tinieblas o a nuestros seres queridos en profunda angustia: ¿qué vemos en sus rasgos cuando ella devuelve su mirada?
Vemos el amor reflejado del Hijo a quien llevó en su seno. Vemos a una Mujer hecha oración, a la que fue ordenada para ser nuestra Madre, a aquella cuya fe es amorosa, pura, oculta, obediente, sacrificial, humilde, llena de vaciamiento de sí, la ventana inmaculada sin mancha a través de la cual brilla el Hijo.

AMOR SACRIFICIAL; ORACIÓN OCULTA; GIGANTE DE LA FE; OBEDIENTE; HUMILDE; VACÍA DE
                                                MARYAM : MARÍA.

En sus Meditaciones, Santo Tomás de Aquino nos enseña que el cuerpo virginal de María, así como su alma, rebosaban de gracia. “El alma de la Santísima Virgen estaba tan llena de gracia que se desbordó en su carne, haciéndola apta para la concepción del Hijo de Dios.”
Su corazón inmaculado, sus sentimientos, su mente y su voluntad estuvieron todos implicados en la concepción y el cuidado de su Hijo, como también lo están al ayudarnos a concebir y dar a luz a Cristo en nuestra alma.
MARÍA NO SOLO NOS TRAE A CRISTO:
TAMBIÉN NOS LLEVA A CRISTO.
“... el Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso al santo que va a nacer se le llamará Hijo de Dios.” (Lucas 1:35)
Cuando el Señor Espíritu vino sobre María y la cubrió con su sombra, se hizo “... presente en todos los poros de su alma, en todas las moléculas de su cuerpo, penetrando todo su ser con su luz y su amor...” (Pere Marie Eugene OCD)
“... ella pertenecía a Cristo, compartiendo la gracia salvífica y santificadora y aquel amor que tiene su comienzo en el ‘Amado’, el Hijo del Padre eterno, que por la Encarnación se convirtió en su propio Hijo. En consecuencia, por el poder del Espíritu Santo, en el orden de la gracia, que es participación de la naturaleza divina, María recibe vida de Aquel a quien ella misma, en el orden de la generación terrena, dio la vida como madre. La liturgia no duda en llamarla ‘madre de su Creador’ y en saludarla con las palabras ‘... hija de tu Hijo.’ Y puesto que María recibe esta ‘vida nueva’ con una plenitud correspondiente al amor del Hijo por la Madre y, por tanto, a la dignidad de la divina maternidad, el ángel en la Anunciación la llama ‘llena de gracia’.” (Papa san Juan Pablo II)
... María vivirá su obediencia de fe en el sufrimiento, al lado del Salvador que sufre, y su maternidad será misteriosa y dolorosa. Nuestra amada Madre dijo a participar en el asombroso misterio del vaciamiento de de su Hijo, y soportó quizá la más profunda “kenosis” de fe en la historia humana (fragmentos de Redemptoris Mater, Papa san Juan Pablo II).
Los ojos de esta Madre estarán llenos de un Amor que comprende nuestro sufrimiento, una Madre de nuestros dolores, una Madre llena de Gracia, una Madre que nos hará presente el misterio de Cristo en nuestro dolor.
Cuando leemos estas reflexiones de san Juan Pablo II, el Espíritu Santo, el Esposo sagrado de nuestra Madre, profundiza nuestra comprensión de ...
MARÍA NO SOLO NOS TRAE A CRISTO:
TAMBIÉN NOS LLEVA A CRISTO.
POR QUÉ TE AMO, OH MARÍA
¡Oh! Quisiera cantar, María, por qué te amo,
Por qué tu dulce nombre hace temblar mi corazón,
Y por qué el pensamiento de tu suprema grandeza
No pudo llevar temor a mi alma.
Si te contemplara en tu sublime gloria,
Superando el esplendor de todos los bienaventurados,
No podría creer que soy tu hija;
¡Oh María, ante ti bajaría los ojos!
Si un hijo ha de amar a su madre,
Ella tiene que llorar con él y compartir sus penas;
Oh, mi Madre queridísima, en esta tierra extranjera
¡Cuántas lágrimas derramas para atraerme hacia ti!
Al meditar tu vida en los santos Evangelios,
Me atrevo a mirarte y acercarme a ti.
No me es difícil creer que soy tu hija,
Pues te veo humana y sufriente como yo…
Cuando un ángel del Cielo te manda ser la Madre
De Dios, que ha de reinar por toda la eternidad,
Veo que prefieres, oh María, ¡qué misterio!,
el inefable tesoro de la virginidad.
Oh Virgen Inmaculada, comprendo cómo tu alma
Es más querida para el Señor que su morada celestial.
Comprendo cómo tu alma, humilde y dulce valle,
Puede contener a Jesús, el Océano de Amor.
Oh! Te amo, María, al decir que eres la servidora
De Dios, a quien enamoras con tu humildad.
Esta virtud oculta te hace todopoderosa,
Atrae a la Santísima Trinidad hacia tu corazón.
Entonces el Espíritu de Amor, cubriéndote con su sombra,
El Hijo igual al Padre se encarnó en ti;
Habrá muchísimos de sus hermanos pecadores,
Pues será llamado: Jesús, tu primogénito
Al menos lo encuentras y quedas colmada de gozo,
Le dices al hermoso Niño que cautiva a los doctores:
“Hijo mío, ¿por qué has hecho esto?
Tu padre y yo te hemos buscado angustiados.”
Y el Niño Dios responde (¡oh, qué profundo misterio!)
A su queridísima Madre que le tiende los brazos:
“¿Por qué me buscabais? Debo ocuparme
En los asuntos de mi Padre. ¿No lo sabíais?”
El Evangelio me dice que, creciendo en sabiduría,
Jesús permanece sujeto a José y a María,
Y mi corazón me revela con qué ternura
Obedece siempre a sus queridos padres.
Ahora comprendo el misterio del templo,
Las palabras ocultas de mi Rey adorable.
Madre, tu dulce Niño quiere que seas el ejemplo
Del alma que lo busca en la noche de la fe.
Puesto que el Rey del Cielo quiso que su Madre
Fuera sumergida en la noche, en la angustia del corazón,
María, ¿es entonces una bendición sufrir en la tierra?
¡Sí, sufrir mientras se ama es la más pura felicidad!
Todo lo que Él me ha dado, Jesús puede quitármelo.
Dile que no se preocupe por mí…
Puede ocultarse de mí, estoy dispuesta a esperarlo
Hasta el día sin ocaso en que mi fe se desvanecerá…
Madre llena de gracia, que en Nazaret
Vives en la pobreza, sin querer nada más.
Ni arrobamiento, ni milagro, ni éxtasis
Adornan tu vida, ¡oh Reina de los Elegidos!
El número de pequeños en la tierra es verdaderamente grande.
Pueden alzar los ojos hacia ti sin temblar.
Es por la vía ordinaria, incomparable Madre,
Por donde te gusta caminar para guiarlos al Cielo.
Mientras espero el Cielo, oh mi querida Madre,
Quiero vivir contigo, seguirte cada día.
Madre, contemplándote, me sumerjo con gozo,
Descubriendo en tu corazón abismos de amor.
Tu mirada maternal ahuyenta todos mis temores.
Me enseña a llorar, me enseña a alegrarme.
En vez de despreciar las alegrías puras y sencillas,
Quieres compartirlas; te dignas bendecirlas.
En Caná, viendo la inquietud de los esposos
Que no pueden ocultar, pues se les ha acabado el vino,
En tu solicitud dices al Salvador,
Esperando la ayuda de su poder divino,
Jesús parece al principio rechazar tu oración:
“Mujer, ¿qué nos va a y a ti?”, responde.
Pero en lo más profundo de su corazón, te llama su Madre,
Y obra su primer milagro por ti…
Un día, cuando los pecadores escuchan la doctrina
De Aquel que quisiera recibirlos en el Cielo,
María, te encuentro con ellos en el monte.
Alguien dice a Jesús que deseas verlo.
Entonces, ante toda la multitud, tu divino Hijo
Nos muestra la inmensidad de su amor por nosotros.
Dice: “¿Quién es mi hermano, mi hermana y mi madre,
sino el que hace la voluntad de mi Padre?”
Oh Virgen Inmaculada, la más tierna de las madres,
Al escuchar a Jesús, no te entristeces.
Antes bien, te alegras de que nos haga comprender
Cómo nuestras almas se convierten aquí abajo en su familia.
Sí, te alegras de que Él nos su vida,
¡los infinitos tesoros de su divinidad!
¿Cómo no haberte de amar, oh mi querida Madre,
al ver tanto amor y tanta humildad?
nos amas, María, como Jesús nos ama,
Y por nosotros aceptas estar separada de Él.
Amar es darlo todo. Es darse a mismo.
quisiste demostrarlo permaneciendo como nuestro sostén.
El Salvador conocía tu inmensa ternura.
Conocía los secretos de tu corazón maternal.
Refugio de los pecadores, nos deja a ti
Cuando deja la Cruz para esperarnos en el Cielo.
María, en lo alto del Calvario, de pie junto a la Cruz
Me pareces un sacerdote en el altar,
Ofreciendo a tu amado Jesús, el dulce Emmanuel,
Para aplacar la justicia del Padre…
Un profeta dijo, oh Madre afligida:
“¡No hay dolor como tu dolor!”
Oh Reina de los Mártires, permaneciendo en el destierro
¡derramas sobre nosotros toda la sangre de tu corazón!
El hogar de san Juan se convierte en tu único refugio.
El hijo de Zebedeo ha de reemplazar a Jesús…
Ese es el último detalle que da el Evangelio.
No me dice nada más de la Reina del Cielo.
Pero, oh mi querida Madre, ¿no revela su profundo silencio
que el mismo Verbo Eterno
quiere cantar los secretos de tu vida
para cautivar a tus hijos, todos los Elegidos del Cielo?
Pronto escucharé esa dulce armonía.
Pronto iré al hermoso Cielo para verte.
que viniste a sonreírme en la mañana de mi vida,
Ven a sonreírme de nuevo… Madre… ¡ya es tarde!…
Ya no temo el esplendor de tu suprema gloria.
Contigo he sufrido y ahora quiero
Cantar en tu regazo, María, por qué te amo,
¡y seguir diciendo que soy tu hija!
(Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, mayo de 1897)

No comments:

Post a Comment

Thank you and may our tender God continue to bless you with His great Love.
ARK MINISTRIES - www.annaprae.com